El amor ha fascinado a la humanidad. Dos personas se conocen y se enamoran. El amor “surge” - uno no hace nada para padecerlo, simplemente ocurre-; el amor nos hace olvidadizos, obsesivos, vulnerables, inseguros, celosos, acelera nuestro pulso, nos puede sumir en la depresión o en la euforia. La experiencia del amor se vive como algo irracional, predestinado; deforma la realidad, no obedece a las leyes de la razón y la objetividad. El amor llega por azar y sería paradójico que pudiera controlarse como quien controla una herramienta fabricada por uno mismo. Se produce un poderoso sentimiento que produce síntomas enfermizos que nublan la razón y quiebran la voluntad. Enamorarse pues, depende en gran medida de nuestras experiencias y aprendizajes pasados, en este sentido tiene connotaciones de transferencias del pasado (el clamor por ser querido en la infancia).

Las actitudes hacia el amor han cambiado a lo largo de la historia, incluida la más reciente. A la admiración de los griegos clásicos por el amor homosexual le sucedió el repudio cristiano de esa forma de amar que en el siglo XXI ha encontrado, no obstante, un amparo legal que lo protege en la legislación de los países más avanzados.

Antiguamente, la canalización de las emociones más profundas de una mujer hacia otra con o sin contacto sexual, no suscitaba reacciones adversas. Pero esta actitud fue cambiando con el paso de los siglos, donde la actitud frente al amor entre mujeres -relaciones emocionales parecidas al amor romántico- cambia radicalmente; ésta es la actitud ingenua que hasta el momento tienen personas como nuestros abuelos y que con la sociedad y legislación actual les crea un dilema a resolver.

Las raíces de dicho cambio de actitud hay que buscarlas en la incorporación de la mujer a las relaciones de poder, circunstancia que obligaba, por parte de los varones, a tomar en serio sus comportamientos. Así, mientras antes se tomaba ingenuamente que la homosexualidad era mala, viciosa, una enfermedad, ahora lo que es propio de la actitud natural ingenua es verla como natural y respetarla. No somos mejores ni peores, sino que la visión cultural ha cambiado.

El que nuestra generación asuma la homosexualidad como una forma de amor habitual es debido, a que las generaciones anteriores han tenido que hacer fenomenología para comprender que los “pre-juicios” anteriores no eran sustentables.